jueves, 22 de marzo de 2012

Un septiembre de esos


Tómese un buen vino compadre. Cómase un asado que hemos venido todos con la huata vacía y se va a acabar lo bueno.”
Eso decía don Fulgencio Sepúlveda a todos los que llegaban a la estancia que, desde bien temprano en la mañana, se llenaba de visitantes, algunos de ellos gringos y gringas en bermudas, otros, japoneses con sus cámaras que tomaban fotografías a todo, como por obligación.
Como don Fulgencio, muchos hombres ya entrados en años, de ponchos a rayas y sombreros, con sus rostros bronceados y sonrisas desdentadas iban y venían afanosos en medio de las nubes de polvo que solamente se delataban al mirarse a contraluz. Armaban con sus afanes el festejo del 18 de septiembre.
El humo de las parrillas velaba por momentos al sol, las guitarreadas y los cantos apagaban las risas despreocupadas. Las corridas de los potros justificaban las espuelas, y el vino respaldaba a la alegría que, luego de medio día, hacía que las carcajadas sean más fuertes y los coros más desaforados.
Las parrillas se vaciaron con la tarde, solo el vino había quedado como anfitrión.
 En medio de aquel festejo telúrico, que los extranjeros seguían mirando como un lejano exotismo latinoamericano, aparecía don Fulgencio, borrachito como todos, impecable es su poncho, revoleando su pañuelo, rebosante de su patriotismo bien chileno.
 Ocultaba su sombrero sus ojos oscuros que esa tarde brillaban por el alcohol. Eran los mismos ojos que hacía casi dos años, lloraron impotentes y furiosos la impertinencia del mar que llegó hasta la plaza de su pueblo y se llevó sin avisar todo cuanto encontró; todo, incluido a su hijo Mario, a quien todavía añora en silencio y con mucho disimulo, simplemente porque las penas no saben bailar.
(G_Ale 21-03-12)

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