jueves, 15 de marzo de 2012

La decisión


Cuando me subí al avión respiré cierta esperanza. Durante el viaje miraba el panorama por la ventanilla con serenidad y permanecía en silencio mientras todos los compañeros intentaban, con algo de humor, evadir hablar del destino nefasto que, para algunos, iba a ser el último.

En realidad yo no tenía en mente a dónde íbamos ni para qué, solamente pensaba en que todo aquello era la mejor forma de pensar más claro en una decisión que debía tomar y que me atormentaba.

Solo al llegar al campamento y descargar nuestras cosas tomé conciencia de dónde estaba y qué era lo que estaba haciendo: me había enlistado en el ejército para defender a mi país de los salvajes terroristas.

Era difícil decir, mientras permanecíamos en el campamento, que nuestro país estaba en guerra. La pasábamos muy bien, teníamos televisión satelital, internet de banda ancha, comida chatarra y toda la pornografía y las prostitutas que pudiéramos desear.

Los que estaban en guerra eran nuestros enemigos, que esperaban días enteros camuflados en medio de arbustos espinosos, revolcándose con los escorpiones. Nosotros solo nos limitábamos a destruir sus ciudades y recoger lo que pudiera servir como trofeo.

La emoción de ir montado en un poderoso tanque de guerra hizo que mi cabeza borrara casi por completo aquella estresante decisión que había dejado pendiente y finalmente me entregué a toda la lujuria sangrienta que corresponde al uniforme.

No alargaré mi relato, los tres primeros meses fueron casi iguales: pasaban los aviones descargando sus bombas y nosotros debíamos pasar luego, para limpiar el terreno de insurgentes, aunque la mayoría de las veces solo hallábamos abuelos y niños abandonados, medio locos por las explosiones.

Al cuarto mes decidí que aquella era mi vida. El placer de dispararles a aterrados mercenarios, el sacudón del tanque cuando disparaba, cómo tronaban los edificios al colapsar. Era todo lo que necesitaba y la siguiente vez que hablara con mi familia les haría saber que la decisión estaba tomada.

Una tarde, ya acabada la inspección de rutina, cruzábamos un terreno que, según nosotros, era un campo de fútbol. Supongo que fueron segundos, supongo que los compañeros se sobresaltaron, supongo que se armó un gran alboroto cuando pisé lo que parecía un pequeño promontorio y la explosión me hizo volar por los aires.

Volví a casa a las tres semanas luego de salir del coma. Mi nueva vida se diluyó y entre mis prótesis y mi depresión volví a la encrucijada de la antigua decisión.

Finalmente hoy arreglé mi dilema, cuando, con lo que me queda de lengua, dije: ‘sí, acepto’
 (G_Ale 14/03/12)

No hay comentarios:

Advertencia: El contenido de esta página está protegido por ley 1322 de derchos de autor.
© Miércoles de Ceniza, 2007. Sucre - Bolivia